Por Luis Ignacio Cabrera
Mucho se ha hablado en los últimos días sobre como será la política exterior de la administración Obama hacia América Latina, si mostrará el interés tan esperado en las problemáticas reales de los países de la región, y dejará de lado el paradigma de seguridad que modeló nuestras relaciones con los Estados Unidos durante los últimos 8 años, o si tendrá un manejo exterior similar al de Bill Clinton (1993-2000) favoreciendo la expansión de la economía norteamericana en los países latinoamericanos a través de la apertura de mercados para sus exportaciones y empresas.
Creo que desde esas perspectivas, ni lo uno ni lo otro. Si enfocamos el análisis partiendo de esas premisas nos equivocamos, y es que la crisis económica que golpea a los EE.UU. es más profunda de lo que podemos percibir a simple vista desde esta parte del mundo. Se trata de una importante crisis de confianza en el sistema, pero ya no una falta de confianza de actores o intermediarios económicos o políticos, sino un descrédito extendido a los más recónditos espacios de la sociedad, la crisis se siente y la siente tanto el banquero como la ama de casa y el asalariado, esto que parece una realidad bien conocida para sociedades como la nuestra, resulta ser una novedad para un nación acostumbrada a altos niveles de consumo y a largos periodos de bonanza económica como la estadounidense.
Y justamente el gran desafío de Obama de poner de pie a su país y volver a retomar el liderazgo mundial fuertemente debilitado, coloca a nuestra región en un segundo plano dentro de la agenda internacional de EE.UU. (no contemplaremos los casos de Cuba y Venezuela, que son particularidades), es que la magnitud de la crisis realmente opaca toda vinculación profunda que pueda imaginarse con los países latinoamericanos.
Ahora, esto no tiene porque ser negativo para países como la Argentina o Brasil, de hecho la necesidad norteamericana por reorientar su liderazgo, podría ampliar los espacios de maniobra internacional de estos países aun más que durante el Gobierno de Bush. Gobiernos como el nuestro pueden aprovechar la buena predisposición que seguramente tendrá la nueva Administración como mínimo durante los primeros meses y así desarrollar una agenda bilateral o regional favorable a los intereses propios, que no esta de más decirlo, no parecen en ningún caso contraponerse con los que pueden pretender los norteamericanos.
En suma, debemos cambiar el punto de enfoque, antes de preguntarnos como va a ser el accionar de Obama hacia la región, tendríamos que plantear cual será la política de nuestros países hacia EE.UU. Si los hacedores de nuestra política exterior consiguen orientar el relacionamiento llevando adelante nuestros intereses y tienen lacapacidad de entender las necesidades actuales de la diplomacia norteamericana en esta zona del mundo, seguramente alcanzaremos importantes objetivos y tendremos una relación por demás de positiva con los Estados Unidos de Obama.
miércoles, 21 de enero de 2009
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