Luis Ignacio Cabrera
La escalada de violencia no para y la inseguridad es el tema excluyente de cada día.. En que punto fallamos como sociedad? porque delitos y delincuentes hay en todas las sociedades, pero estos niveles de violencia e irracionalidad son propios de situaciones sociales extremas.
Ahora pensemos, puede haber múltiples factores: la pobreza y la marginalidad son nidos que incuban el robo y la muerte, porque el valor de la vida humana casi desaparece ante tanta vulnerabilidad social; la droga y el alcohol en exceso se han convertido en potenciadores netos de los actuales niveles de delito y la destrucción del núcleo familiar es seguramente el factor primigenio de toda esta hecatombe.
Pero existe un factor que es particularmente importante en el caso argentino: la ineficacia de la Justicia.
Un ejemplo aclara el concepto: La Justicia argentina en las ultimas décadas, ha castigado el accionar militar de los años setenta, responsables de uno de los genocidios más atroces del Siglo XX (por lo menos de este lado del mundo) y luego los dejo libres a través de las leyes de Obediencia debida y Punto Final, pero hoy los vuelve a juzgar, por segunda vez, de lo cual cualquier observador objetivo diría, ¿por qué se los dejo libres si se los vuelve a juzgar? Una gran incoherencia... pero no es la única y quizás no sea la más importante
Desde que tengo uso de razón se habla de la corrupción de los años noventa, los escándalos, las privatizaciones, María Julia y sus tapados de piel de animales exóticos, la Ferrari del presidente Menem, grandes negocios ilicitos que salieron a luz por aquellos años y que no se detuvieron; coimas en el senado, empresas que obtienen grandes licitaciones de forma irregular y todo esto no se quedó en los noventa.. ya casi termina el 2008... y los corruptos de la “cream” política y empresarial de las ultimas décadas, siguen, en su gran mayoría... impunes.
He aquí el mal ejemplo que nuestra Justicia le dio y le sigue dando a la sociedad. La delincuencia crece y proviene de los barrios marginales, de las villas miseria, de los nuevos “Ghettos” urbanos, se dice por ahí, los “cacos (delincuentes, para algún desactualizado) entran y salen” pero no se si es tan cierto esto, en definitiva estos delincuentes son fácilmente ubicables, la policía por lo general no tarda en encontrarlos y son rápidamente encarcelados, aunque después salgan rápido... o no. De todos modos, una gran cantidad de estos delincuentes cuando salen, no tardan nada en poner en practica lo nuevo que aprendieron en el infierno tras las rejas.
En fin, lo cierto es que nuestra Justicia nos acostumbro a que mejor abogado pueda uno pagar, menos tiempo pasará investigado, imputado, acusado o preso...y es por eso que los primeros que sentaron antecedentes en “entrar y salir” han sido los ladrones de guantes blancos o los hijos del poder ( Se acuerdan del caso María Soledad?).
No pretendamos que una sociedad con una Justicia ineficaz e injusta, viva en orden, paz y prosperidad. Ningún Derecho Humano puede violar el cumplimiento de los Deberes de los ciudadanos para con toda la Sociedad... Los dos conceptos deberían tener, por lo menos ante los ojos de la Justicia, un aprecio similar...
martes, 25 de noviembre de 2008
viernes, 14 de noviembre de 2008
Desde abajo hacia arriba
Luis I. Cabrera
Muchos de los problemas que vivimos como sociedad son el resultado de nuestra propia falta de compromiso y participación en todos los campos de la vida en comunidad.
Nos hemos mal acostumbrado a cargar todas las responsabilidades en los hombros del Estado, ya sea el Municipal, el Provincial o el Nacional, y ciertamente el papel de estos es un condicionante importantísimo para el buen desenvolvimiento de los vínculos sociales, pero no tiene porque ser el único determinante.
Lo que decimos es que nosotros como militantes sociales, futuros dirigentes o simples vecinos, tenemos la responsabilidad de construir desde abajo hacia arriba y no esperar que alguna iniciativa estatal nos abra paso. La construcción desde “abajo hacia arriba” tiene que ver con la acción que emprendemos después de involucrarnos en la necesidad real del espacio en el que nos movemos, sea la cuadra, el Barrio o el Municipio.
Este conocimiento de la necesidad real nos motiva a llevar adelante acciones que por un lado motivan la construcción de una realidad diferente y por otro fortalecen nuestras creencias (Ideología) en que esa realidad es realmente posible.
La motivación no debe estar en algún beneficio material o social momentáneo, sino en construir un mejor ambiente para nosotros y un mundo mejor para las generaciones de argentinos que nos seguirán. Es mucho lo que hay que hacer y no todo depende de los gobernantes de turno, seria un grave error sentarnos a esperar que ellos hagan todo por nosotros, es necesario que hoy mismo tengamos el valor para empezar a construir con nuestras herramientas, por pequeñas que sean, el País que queremos.El Estado, sin duda, deberá ir adelante en todo esto, pero la construcción desde abajo hacia arriba que planteamos, le dará un verdadero cimiento al cambio social que esperamos.En definitiva es hacer realidad aquel viejo postulado: “No te la pases preguntándote que va a hacer tu País por vos, sino, pregúntate que podes hacer vos por tu País”.
Muchos de los problemas que vivimos como sociedad son el resultado de nuestra propia falta de compromiso y participación en todos los campos de la vida en comunidad.
Nos hemos mal acostumbrado a cargar todas las responsabilidades en los hombros del Estado, ya sea el Municipal, el Provincial o el Nacional, y ciertamente el papel de estos es un condicionante importantísimo para el buen desenvolvimiento de los vínculos sociales, pero no tiene porque ser el único determinante.
Lo que decimos es que nosotros como militantes sociales, futuros dirigentes o simples vecinos, tenemos la responsabilidad de construir desde abajo hacia arriba y no esperar que alguna iniciativa estatal nos abra paso. La construcción desde “abajo hacia arriba” tiene que ver con la acción que emprendemos después de involucrarnos en la necesidad real del espacio en el que nos movemos, sea la cuadra, el Barrio o el Municipio.
Este conocimiento de la necesidad real nos motiva a llevar adelante acciones que por un lado motivan la construcción de una realidad diferente y por otro fortalecen nuestras creencias (Ideología) en que esa realidad es realmente posible.
La motivación no debe estar en algún beneficio material o social momentáneo, sino en construir un mejor ambiente para nosotros y un mundo mejor para las generaciones de argentinos que nos seguirán. Es mucho lo que hay que hacer y no todo depende de los gobernantes de turno, seria un grave error sentarnos a esperar que ellos hagan todo por nosotros, es necesario que hoy mismo tengamos el valor para empezar a construir con nuestras herramientas, por pequeñas que sean, el País que queremos.El Estado, sin duda, deberá ir adelante en todo esto, pero la construcción desde abajo hacia arriba que planteamos, le dará un verdadero cimiento al cambio social que esperamos.En definitiva es hacer realidad aquel viejo postulado: “No te la pases preguntándote que va a hacer tu País por vos, sino, pregúntate que podes hacer vos por tu País”.
miércoles, 12 de noviembre de 2008
El fallo de la Corte sobre libertad sindical: El triunfo de Agustín Tosco
Por Martin Delfino
No es el paraíso, está bien, pero déjeme ilusionarme con que las cosas empiecen a cambiar, de a poco.
El fallo de la Corte Suprema de Justicia de la Nación tiene una relevancia histórica para aquellos que bregamos por una verdadera democracia y libertad sindical, aquellos que sostenemos que las relaciones colectivas de los trabajadores son un pilar esencial en la conformación de una sociedad libre, equitativa y solidaria y sobre todo, para aquellos que creemos en la verdadera participación de las bases de los trabajadores, de abajo hacia arriba, cumpliendo el mandato que éstas le han dado a sus representantes al momento de las negociaciones colectivas.
Hace mas de 30 años que somos testigos de cómo se ha perfeccionado un estilo de conducción sindical basado en la burocracia, en el constante ahogo de propuestas alternativas al statu quo, de presiones del poder, de complicidades aciagas, de que los mandatos de las bases no se discuten en los congresos de la CGT sino en las bases mismas, de la verticalidad propia de los militaristas etc. etc. etc.
La resolución del máximo tribunal tiene como principal consecuencia, siempre que se instrumenten medidas para que estos criterios se hagan efectivos, es que ahora cualquier trabajador podrá ser representante de sus compañeros. Hasta acá, se exigía que los delegados estuvieran afiliados a un sindicato reconocido por el Ministerio de Trabajo -o sea, con personería gremial- y que las elecciones correspondientes fueran organizadas por la burocracia de ese sindicato. Este requisito -artículo 41, ley 23.551- es lo que se declara inconstitucional.
Ese es el aspecto "individual" -en palabras de la Corte- de esta sentencia. Por otro lado, se establece una consecuencia "social" para las organizaciones que, como CTA, carecen del reconocimiento oficial. Aunque parecen cuestionarlo, los jueces no reprueban la distinción vigente entre sindicatos con y sin personería, siempre a razón de uno por actividad. Sí marcan que esa diferencia "no puede privar" a ningún grupo no reconocido -sin personería- de "defender los intereses profesionales de sus miembros" como garantiza el 14 bis de la Constitución.
La Corte quiebra la base del sistema de monopolio sindical. Sostiene que una cosa es el "monopolio mantenido por la ley", que hoy limita los derechos de participación de algunos trabajadores, y que otra cosa es el monopolio que "voluntaria y libremente quieran establecer los trabajadores", si eso sucediera en la Argentina.
Habría que recordar que los sindicatos no son propiedad de los mafiosos de turno, como así tampoco el modelo reinante estuvo vigente desde antaño; quizá algunos intérpretes de aquel viejo Coronel no supieron ni quisieron entender aquel movimiento que, a fines del siglo 19 y a principios del 20 se había constituido en una organización INDEPENDIENTE Y PLURAL.
La libertad sindical es una garantía, cuando a ésta la toma el derecho es porque quiere controlarla.
No es el paraíso, está bien, pero déjeme ilusionarme con que las cosas empiecen a cambiar, de a poco.
El fallo de la Corte Suprema de Justicia de la Nación tiene una relevancia histórica para aquellos que bregamos por una verdadera democracia y libertad sindical, aquellos que sostenemos que las relaciones colectivas de los trabajadores son un pilar esencial en la conformación de una sociedad libre, equitativa y solidaria y sobre todo, para aquellos que creemos en la verdadera participación de las bases de los trabajadores, de abajo hacia arriba, cumpliendo el mandato que éstas le han dado a sus representantes al momento de las negociaciones colectivas.
Hace mas de 30 años que somos testigos de cómo se ha perfeccionado un estilo de conducción sindical basado en la burocracia, en el constante ahogo de propuestas alternativas al statu quo, de presiones del poder, de complicidades aciagas, de que los mandatos de las bases no se discuten en los congresos de la CGT sino en las bases mismas, de la verticalidad propia de los militaristas etc. etc. etc.
La resolución del máximo tribunal tiene como principal consecuencia, siempre que se instrumenten medidas para que estos criterios se hagan efectivos, es que ahora cualquier trabajador podrá ser representante de sus compañeros. Hasta acá, se exigía que los delegados estuvieran afiliados a un sindicato reconocido por el Ministerio de Trabajo -o sea, con personería gremial- y que las elecciones correspondientes fueran organizadas por la burocracia de ese sindicato. Este requisito -artículo 41, ley 23.551- es lo que se declara inconstitucional.
Ese es el aspecto "individual" -en palabras de la Corte- de esta sentencia. Por otro lado, se establece una consecuencia "social" para las organizaciones que, como CTA, carecen del reconocimiento oficial. Aunque parecen cuestionarlo, los jueces no reprueban la distinción vigente entre sindicatos con y sin personería, siempre a razón de uno por actividad. Sí marcan que esa diferencia "no puede privar" a ningún grupo no reconocido -sin personería- de "defender los intereses profesionales de sus miembros" como garantiza el 14 bis de la Constitución.
La Corte quiebra la base del sistema de monopolio sindical. Sostiene que una cosa es el "monopolio mantenido por la ley", que hoy limita los derechos de participación de algunos trabajadores, y que otra cosa es el monopolio que "voluntaria y libremente quieran establecer los trabajadores", si eso sucediera en la Argentina.
Habría que recordar que los sindicatos no son propiedad de los mafiosos de turno, como así tampoco el modelo reinante estuvo vigente desde antaño; quizá algunos intérpretes de aquel viejo Coronel no supieron ni quisieron entender aquel movimiento que, a fines del siglo 19 y a principios del 20 se había constituido en una organización INDEPENDIENTE Y PLURAL.
La libertad sindical es una garantía, cuando a ésta la toma el derecho es porque quiere controlarla.
martes, 11 de noviembre de 2008
Contra la Inseguridad: Basta de soluciones facilistas
Por E.A
¿Por qué serán tan nabos? Se creyeron que podían convertir a la Argentina en un país realmente tercermundista sólo para lo que les convenía. Se creyeron que podían construir una sociedad con miseria, un tercio de excluidos, escuelas devastadas, hospitales vacíos, millones de jóvenes sin nada que hacer –y tasas de criminalidad escandinavas. Como casi no había oposición política, se creyeron que podían organizar un verdadero país latinoamericano donde los pobres fueran muy pobres y unos pocos se quedaran con todo, y que la fiesta iba a ser gratis. Pero era otro error de esta banda de inútiles, y ahora se ve claro: la inseguridad que tanto nos preocupa es uno de los efectos más demorados y durables de la dictadura militar y las democracias que la siguieron y convirtieron a este país en otro país –con la complicidad de muchos de sus ciudadanos. En los países latinoamericanos la violencia criminal siempre fue –y todavía es– aun mayor que la de aquí y ahora. Pero nos vamos acercando con tesón, día tras día, tiro a tiro. La pobreza ayuda, pero no quiero decir que los pobres sean ladrones ni que los ladrones lo sean porque son pobres. Me parece claro que el aumento de la delincuencia violenta viene sobre todo de la destrucción de las redes sociales, que hace que cada cual se sienta aislado, solo, y tire para su lado –y que no le importe, entonces, robarle al vecino– y, sobre todo, de la falta de futuro: elegir una vida de delito –y su riesgo de muerte– sólo tiene sentido cuando la alternativa es parecida a nada. –Todo bien, estimado, podemos hablar un rato largo. Pero el problema son los asesinatos de hoy, de mañana. –Tiene razón, todo esto importa poco. Salvo, quizá, para orientarse si hay que buscarle soluciones. La violencia del delito ocupa –según todas las encuestas– el centro de las preocupaciones de los argentinos. Con sobresaltos periódicos cuando hay muertes horribles en barrios más caros. Los sobresaltos son un tributo a la potencia de la clase media. Hay muchas más muertes todos los días por falta de atención médica, pero eso no nos sucede, en general, a los ciudadanos con prepaga, y nunca el desastre de los hospitales públicos ha motivado una manifestación como la del domingo ni tapas de los diarios: allí también hay muertos que buscan asesinos, sólo que no suelen ayudarlos jueces ni policías. Que sí buscan a los ladrones violentos –y es lógico que lo hagan, y que medios y ciudadanos se preocupen: nos amenazan. Lo interesante, con perdón, de la inseguridad, es que es un síntoma que hace que quienes no sufren directamente la marginalidad le presten atención. Quizá, en ese sentido, la delincuencia sea un resultado –dolorosamente– eficiente de la exclusión: la hace visible para quienes en general eligen no verla, como los piquetes hicieron visible la desocupación a los que habían preferido comprar heladeras. Son las reglas del juego, y todos lo jugamos: cada sector usa sus recursos para hacerse escuchar. El domingo, en San Isidro, miles cantaban pidiendo protección: –¿Adónde están, / adónde están, / los que nos tienen que cuidar? Era, curiosamente, un reclamo al Estado. Muchos de los que quisieron privatizar también la seguridad pública y la reemplazaron –sin éxito– por vigilantes y garitas pedían al Estado que se hiciera cargo del deber de protegerlos. Tienen todo derecho. El problema es que sólo la policía puede ofrecer cierta protección en lo inmediato, y la policía realmente existente es, muchas veces, fuente de lo que debería solucionar. Es muy difícil confiar en esta policía –y darle más poder a esta policía– porque su historia demuestra que no suele hacer buen uso de ese poder. Y lo que pasa con la policía –fuerza de coerción del Estado– es un modelo a escala de lo que pasa con el Estado en general. Ya lo decía el otro día a propósito de las AFJP: estoy totalmente de acuerdo con la idea de que la jubilación vuelva al Estado, el problema es este Estado al que vuelve, manejado por este gobierno. Estoy de acuerdo –en este momento– con que haya más protección policial, el problema es esta policía que debería protegernos, manejada por sus mandos y por este gobierno. Y así de seguido: en este momento necesitamos más Estado, pero el problema es el estado del Estado. –Estimado, pare con la cháchara. Mucho diagnóstico, pero no hay tratamiento. –Y sí, así somos, vio, los izquierdistas. En estos días miles de ciudadanos preguntan quién nos cuida, y los políticos contestan que ellos se encargan. Está claro que no se encargan –de la seguridad como tampoco de las escuelas, hospitales, jubilaciones, ideas de sociedad, proyectos de país: sólo se encargan del poder. Pero si están ahí es porque los seguimos votando y, mientras sigamos, seguirán sin encargarse. En última instancia, los que nos tienen que cuidar somos –para bien y para mal– nosotros mismos. Para que haya un Estado que cumpla sus funciones, manejado por políticos que cumplan sus funciones, tiene que haber ciudadanos que cumplan sus funciones y se preocupen por ese funcionamiento un poco más a menudo, no sólo cuando los asaltan.La única solución a largo plazo es armar la sociedad desarmada: recuperar el tejido social, deshacer diferencias ofensivas, educar y reintegrar a los desintegrados. El problema es el corto plazo, mañana y pasado. A mí tampoco me gustaría que jóvenes muy comprensiblemente iracundos me atacaran. Pero, la verdad, no veo ningún remedio inmediato –y eso sí que es grave. El mal es estructural; la solución también tiene que serlo. Puede haber –ojalá haya– ciertos remiendos parciales; no va a haber solución si no armamos, entre muchos, una sociedad en serio. Y la ola criminal es, quizás, el precio que tenemos que pagar para entenderlo. Es duro, pero es lo que supimos conseguir, de puro nabos. (Hay, pese a todo, otra opción, que algunos parecen proponer: militarizar la sociedad para que nada se mueva sin control, la nunca bien ponderada mano dura. Seguramente así se evitaría más de un asalto. Pero cuando un policía receloso confunda a uno de nuestros hijos con un peligroso delincuente y lo baje de cuatro balazos, ¿a quién le vamos a ir a reclamar? ¿A los que lo pidieron? Y aun si fuese un peligroso delincuente, ¿estaríamos de acuerdo? ¿Nos gustaría vivir en esa sociedad?)
¿Por qué serán tan nabos? Se creyeron que podían convertir a la Argentina en un país realmente tercermundista sólo para lo que les convenía. Se creyeron que podían construir una sociedad con miseria, un tercio de excluidos, escuelas devastadas, hospitales vacíos, millones de jóvenes sin nada que hacer –y tasas de criminalidad escandinavas. Como casi no había oposición política, se creyeron que podían organizar un verdadero país latinoamericano donde los pobres fueran muy pobres y unos pocos se quedaran con todo, y que la fiesta iba a ser gratis. Pero era otro error de esta banda de inútiles, y ahora se ve claro: la inseguridad que tanto nos preocupa es uno de los efectos más demorados y durables de la dictadura militar y las democracias que la siguieron y convirtieron a este país en otro país –con la complicidad de muchos de sus ciudadanos. En los países latinoamericanos la violencia criminal siempre fue –y todavía es– aun mayor que la de aquí y ahora. Pero nos vamos acercando con tesón, día tras día, tiro a tiro. La pobreza ayuda, pero no quiero decir que los pobres sean ladrones ni que los ladrones lo sean porque son pobres. Me parece claro que el aumento de la delincuencia violenta viene sobre todo de la destrucción de las redes sociales, que hace que cada cual se sienta aislado, solo, y tire para su lado –y que no le importe, entonces, robarle al vecino– y, sobre todo, de la falta de futuro: elegir una vida de delito –y su riesgo de muerte– sólo tiene sentido cuando la alternativa es parecida a nada. –Todo bien, estimado, podemos hablar un rato largo. Pero el problema son los asesinatos de hoy, de mañana. –Tiene razón, todo esto importa poco. Salvo, quizá, para orientarse si hay que buscarle soluciones. La violencia del delito ocupa –según todas las encuestas– el centro de las preocupaciones de los argentinos. Con sobresaltos periódicos cuando hay muertes horribles en barrios más caros. Los sobresaltos son un tributo a la potencia de la clase media. Hay muchas más muertes todos los días por falta de atención médica, pero eso no nos sucede, en general, a los ciudadanos con prepaga, y nunca el desastre de los hospitales públicos ha motivado una manifestación como la del domingo ni tapas de los diarios: allí también hay muertos que buscan asesinos, sólo que no suelen ayudarlos jueces ni policías. Que sí buscan a los ladrones violentos –y es lógico que lo hagan, y que medios y ciudadanos se preocupen: nos amenazan. Lo interesante, con perdón, de la inseguridad, es que es un síntoma que hace que quienes no sufren directamente la marginalidad le presten atención. Quizá, en ese sentido, la delincuencia sea un resultado –dolorosamente– eficiente de la exclusión: la hace visible para quienes en general eligen no verla, como los piquetes hicieron visible la desocupación a los que habían preferido comprar heladeras. Son las reglas del juego, y todos lo jugamos: cada sector usa sus recursos para hacerse escuchar. El domingo, en San Isidro, miles cantaban pidiendo protección: –¿Adónde están, / adónde están, / los que nos tienen que cuidar? Era, curiosamente, un reclamo al Estado. Muchos de los que quisieron privatizar también la seguridad pública y la reemplazaron –sin éxito– por vigilantes y garitas pedían al Estado que se hiciera cargo del deber de protegerlos. Tienen todo derecho. El problema es que sólo la policía puede ofrecer cierta protección en lo inmediato, y la policía realmente existente es, muchas veces, fuente de lo que debería solucionar. Es muy difícil confiar en esta policía –y darle más poder a esta policía– porque su historia demuestra que no suele hacer buen uso de ese poder. Y lo que pasa con la policía –fuerza de coerción del Estado– es un modelo a escala de lo que pasa con el Estado en general. Ya lo decía el otro día a propósito de las AFJP: estoy totalmente de acuerdo con la idea de que la jubilación vuelva al Estado, el problema es este Estado al que vuelve, manejado por este gobierno. Estoy de acuerdo –en este momento– con que haya más protección policial, el problema es esta policía que debería protegernos, manejada por sus mandos y por este gobierno. Y así de seguido: en este momento necesitamos más Estado, pero el problema es el estado del Estado. –Estimado, pare con la cháchara. Mucho diagnóstico, pero no hay tratamiento. –Y sí, así somos, vio, los izquierdistas. En estos días miles de ciudadanos preguntan quién nos cuida, y los políticos contestan que ellos se encargan. Está claro que no se encargan –de la seguridad como tampoco de las escuelas, hospitales, jubilaciones, ideas de sociedad, proyectos de país: sólo se encargan del poder. Pero si están ahí es porque los seguimos votando y, mientras sigamos, seguirán sin encargarse. En última instancia, los que nos tienen que cuidar somos –para bien y para mal– nosotros mismos. Para que haya un Estado que cumpla sus funciones, manejado por políticos que cumplan sus funciones, tiene que haber ciudadanos que cumplan sus funciones y se preocupen por ese funcionamiento un poco más a menudo, no sólo cuando los asaltan.La única solución a largo plazo es armar la sociedad desarmada: recuperar el tejido social, deshacer diferencias ofensivas, educar y reintegrar a los desintegrados. El problema es el corto plazo, mañana y pasado. A mí tampoco me gustaría que jóvenes muy comprensiblemente iracundos me atacaran. Pero, la verdad, no veo ningún remedio inmediato –y eso sí que es grave. El mal es estructural; la solución también tiene que serlo. Puede haber –ojalá haya– ciertos remiendos parciales; no va a haber solución si no armamos, entre muchos, una sociedad en serio. Y la ola criminal es, quizás, el precio que tenemos que pagar para entenderlo. Es duro, pero es lo que supimos conseguir, de puro nabos. (Hay, pese a todo, otra opción, que algunos parecen proponer: militarizar la sociedad para que nada se mueva sin control, la nunca bien ponderada mano dura. Seguramente así se evitaría más de un asalto. Pero cuando un policía receloso confunda a uno de nuestros hijos con un peligroso delincuente y lo baje de cuatro balazos, ¿a quién le vamos a ir a reclamar? ¿A los que lo pidieron? Y aun si fuese un peligroso delincuente, ¿estaríamos de acuerdo? ¿Nos gustaría vivir en esa sociedad?)
martes, 4 de noviembre de 2008
El "Chivo expìatorio" de una sociedad hipocrita
El verdadero problema de la inseguridad no se resuelve bajando la edad de imputabilidad de los menores de edad. Es más, esta visión está centrada en la opinión instalada de que estos adolescentes o niños tienen que ser castigados como adultos, pero ¿cuál es el fin de ello? Esa es la pregunta, quizás, menos respondida desde que el tema está en boca de todos.
¿Cuáles el fin de tener a una persona detenida y privada de su libertad? Los manuales y las leyes responden generalmente que el motivo es resguardar a la sociedad de la conducta del delincuente y proporcionar un lugar que motive una futura reinserción del mismo, entre algunos que podríamos mencionar. Ahora bien, queda claro que en el segundo de estos objetivos, las cárceles (en el caso de los mayores) y los centros (para menores) no han tenido resultados positivos; pero peor aun han sido los resultados logrados en el primero de los postulados, es que la misma sociedad se ha convertido en una maquina de crear de personas que viven por fuera de la ley, por esto es que por más que bajemos la edad de imputabilidad y más cantidad de menores queden privados de su libertad en diferentes instituciones, esta sociedad de frenético consumismo y extrema histeria, encontrará siempre materia prima para incubar delito.
La mayor parte de los medios de comunicación cuando trata el tema y sus causas lo hace con un aterrador simplismo, a tal punto que pareciera que los menores que roban, secuestran, torturan y matan, han venido de algún otro planeta, ajeno a esta sociedad, un lugar siniestro lleno de todo tipo de males y que la solución pasa por encerrarlos desde más pequeños, la verdad es que pocas veces he visto tal unanimidad a la hora de tratar un tema por parte de los mayores medios. Estos “planetas distantes ” esos “infiernos en la tierra”, que conciente e inconscientemente nuestra comunidad quiere ignorar, son esos ghettos de exclusión donde la aplicación de la economía de mercado no regulada ha mostrado su verdadera cara, esos lugares son las mejores escuelas de delito porque allí la exclusión y la miseria es la regla, no la excepción. Mientas muchos piensan en arrasar esos barrios, nuestra sociedad los aísla cada vez más, por miedo o por bronca, y no se toma plena conciencia que a mayor aislamiento, mayor exclusión, y a mayor exclusión mayor delincuencia.
Muchos otros plantean la solución extrema de erradicar esos lugares, para reubicar a la gente que vive en ellos, en lugares “más dignos”, pero sinceramente creo que esta sociedad misma crearía “nuevos ghettos” con una rapidez asombrosa, porque la exclusión esta el núcleo de la vida social argentina de las ultimas décadas. La irresponsabilidad mediática, la corrupción política, la desidia, el “vale todo” por dinero o por poder, los treinta segundos de fama en cualquier programa mediocre... nadie se hace cargo, ni los comunicadores, ni los periodistas, ni los dirigentes políticos, y ahora resulta que encontramos el “chivo expiatorio” perfecto: los adolescentes y jóvenes pobres, que no solo son los abusados, golpeados y discriminados desde el nacimiento, sino que ahora los van a poder meter presos desde más pequeños, es que ellos son los culpables de que los señores grandes de esta sociedad irresponsable vivan con miedo, una sociedad con tales niveles de hipocresía ya está condenada a fracasar en todo lo que emprenda.
Seguramente la inseguridad es un tema prioritario y no es concebible que un menor o cualquier otra persona le quite la vida a sus semejantes por monedas; sin dudas que no podremos resistir mucho más con estos niveles de violencia social, pero es peligroso pensar que la solución está en tomar medidas totalmente superficiales creyendo que esto ayudará. Seguramente es hora que como sociedad nos demos el tiempo para sincerarnos de verdad y planteemos soluciones de fondo, aunque su efecto sea de largo plazo y lo disfruten los que vengan después de nosotros.
¿Cuáles el fin de tener a una persona detenida y privada de su libertad? Los manuales y las leyes responden generalmente que el motivo es resguardar a la sociedad de la conducta del delincuente y proporcionar un lugar que motive una futura reinserción del mismo, entre algunos que podríamos mencionar. Ahora bien, queda claro que en el segundo de estos objetivos, las cárceles (en el caso de los mayores) y los centros (para menores) no han tenido resultados positivos; pero peor aun han sido los resultados logrados en el primero de los postulados, es que la misma sociedad se ha convertido en una maquina de crear de personas que viven por fuera de la ley, por esto es que por más que bajemos la edad de imputabilidad y más cantidad de menores queden privados de su libertad en diferentes instituciones, esta sociedad de frenético consumismo y extrema histeria, encontrará siempre materia prima para incubar delito.
La mayor parte de los medios de comunicación cuando trata el tema y sus causas lo hace con un aterrador simplismo, a tal punto que pareciera que los menores que roban, secuestran, torturan y matan, han venido de algún otro planeta, ajeno a esta sociedad, un lugar siniestro lleno de todo tipo de males y que la solución pasa por encerrarlos desde más pequeños, la verdad es que pocas veces he visto tal unanimidad a la hora de tratar un tema por parte de los mayores medios. Estos “planetas distantes ” esos “infiernos en la tierra”, que conciente e inconscientemente nuestra comunidad quiere ignorar, son esos ghettos de exclusión donde la aplicación de la economía de mercado no regulada ha mostrado su verdadera cara, esos lugares son las mejores escuelas de delito porque allí la exclusión y la miseria es la regla, no la excepción. Mientas muchos piensan en arrasar esos barrios, nuestra sociedad los aísla cada vez más, por miedo o por bronca, y no se toma plena conciencia que a mayor aislamiento, mayor exclusión, y a mayor exclusión mayor delincuencia.
Muchos otros plantean la solución extrema de erradicar esos lugares, para reubicar a la gente que vive en ellos, en lugares “más dignos”, pero sinceramente creo que esta sociedad misma crearía “nuevos ghettos” con una rapidez asombrosa, porque la exclusión esta el núcleo de la vida social argentina de las ultimas décadas. La irresponsabilidad mediática, la corrupción política, la desidia, el “vale todo” por dinero o por poder, los treinta segundos de fama en cualquier programa mediocre... nadie se hace cargo, ni los comunicadores, ni los periodistas, ni los dirigentes políticos, y ahora resulta que encontramos el “chivo expiatorio” perfecto: los adolescentes y jóvenes pobres, que no solo son los abusados, golpeados y discriminados desde el nacimiento, sino que ahora los van a poder meter presos desde más pequeños, es que ellos son los culpables de que los señores grandes de esta sociedad irresponsable vivan con miedo, una sociedad con tales niveles de hipocresía ya está condenada a fracasar en todo lo que emprenda.
Seguramente la inseguridad es un tema prioritario y no es concebible que un menor o cualquier otra persona le quite la vida a sus semejantes por monedas; sin dudas que no podremos resistir mucho más con estos niveles de violencia social, pero es peligroso pensar que la solución está en tomar medidas totalmente superficiales creyendo que esto ayudará. Seguramente es hora que como sociedad nos demos el tiempo para sincerarnos de verdad y planteemos soluciones de fondo, aunque su efecto sea de largo plazo y lo disfruten los que vengan después de nosotros.
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